aún cuando no me entero, aún cuando no lo registro. Ese músculo al que la historia y las culturas le adjudicaron la complicada tarea de amar. Ese mismo que dibujamos tan diferente de cómo es en realidad. Aquel que celebra su asimetría y su función plenamente humana y finita. Hasta allí viaja mi inquietud, ahora más impaciente que antes. Golpea fuerte insistentemente. La sangre me hierve y la energía acumulada se desprende. Todo comienza a correr a gran velocidad. Lo veo venir, lo puedo sentir. Casi hechizada, la lengua – otro músculo traicionero y sobreestimado – se suelta dando lugar a la verborragia que me desnuda el alma. Una a una se van cayendo los fantasmas, terrores, prejuicios, sentimientos y pasiones que con tanto cuidado me ocupé de tapar.
Completamente vulnerable. Los ojos me delatan, las manos me entregan… las palabras todo lo evidencian.
Espontánea, impulsiva, natural. Otros me llaman loca.
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