miércoles, 22 de julio de 2015

La docena


Si todavía tengo el derecho después de la docena, quiero decir que añoro. Quiero decir que me falta. Quiero decir que tuve y no tengo.

Si todavía tengo el derecho después de la docena, quiero llorar. Quiero extrañarte en cada uno de los momentos en que me conformé con el aire del recuerdo.

Si todavía tengo el derecho después de la docena, quiero alegrarme. Quiero mostrar el orgullo de llevarte en un rasgo, en un libro en mi mochila y en estas palabras.

Todo pareciera decir que aunque tengo el derecho no debería necesitarlo. Pero lo necesito. Porque añoro, lloro y soy feliz de haberte conocido, papá.

domingo, 12 de julio de 2015

La avalancha de recuerdos


“Sí, quiero” respondió Julia a esa pregunta eterna con sus tibios 19 años. El maquillaje trataba de hacer que esos ojos de niña, redondos y húmedos, parecieran los de una mujer tomando sus propias decisiones. El vestido blanco, las flores en la mano y un futuro por delante. La foto en la biblioteca de la sala también le recuerda ese día. Como si pudiera olvidarlo.
Últimamente los recuerdos están más presentes que nunca. En una avalancha de nostalgia lo toman por sorpresa a Luis y lo tumban en el sillón donde se queda un rato con la tristeza y la alegría, una en cada mano.
Julia era silenciosa. No pedía mucho para darlo todo a cambio. La casa siempre austera, siempre oliendo a limón. Luis se pregunta si ella fue realmente feliz. La amó, mucho. La amó como se amaba en 1943.
Un día de mayo comenzó la vida como bancario con el timbrar del teléfono. Finalmente llegó ese trabajo que había soñado por años. El orgullo y la satisfacción. El deseo de una generación que desembarcó con el hambre en una valija. Julia salió un rato de la casa y cuando volvió le dio una cajita rectangular de cuero negro con una sonrisa tímida, muy parecida a la de sus 19 años. Adentro, la lapicera con sus iniciales grabadas que hoy descansa en paz en su escritorio después de años de firmar cheques y endosos a la par de él. Esa era Julia, su gran compañera silenciosa que lo dejó ser y alcanzar.
Luis respira agitado en el sillón después de otra avalancha. Pareciera que cada vez le cuesta más recuperarse de ellas. Es que aunque guarde las tazas en el mueble justo como las ponía Julita, aunque cuelgue el repasador de la manija del horno como siempre hacía ella, o aunque conserve intacto y sagrado el lado izquierdo de la cama, ella no vuelve para quedarse. Vuelve hecha recuerdos, pequeños pedazos de vida, cuotas de cotidianidad compartida.

Afuera los grillos gritan que llegó el verano. En un esfuerzo casi sobrehumano él se aferra al apoyabrazos y se levanta del sillón. Va hasta la ventana, cierra el postigo y recuerda que la ventana, una vez más, no cierra bien. La apoya y promete arreglarla. Quizás mañana, cuando los recuerdos lo dejen tranquilo.